El equipo rojiblanco le ganó al Espanyol, que en el minuto 86 decidió no seguir jugando por un gol anulado.

carmelo cedrun

En los cromos de la temporada 1954/55 ya no salía Zarra. El delantero aún jugaba en el Athletic, pero los editores no se acordaban de él. Sólo jugó seis partidos aquella temporada, en la que marcó tres goles. Declinaba ya aquella delantera mítica que deslumbraba sólo dos años antes. El único recuerdo era Gainza, que aún tenía cuerda para rato. Aparecían nombres nuevos: Azcarate, Areta, Maguregui… En el banquillo se sentaba Daucik, poco amigo de revoluciones políticas en Centroeuropa, pero que sí las hacía en los equipos que dirigía. La renovación generacional había comenzado.

Después de golear al Alavés en la primera jornada, el Athletic viajó a Barcelona, para enfrentarse en Sarriá a un clásico, el Español. Fue un partido que no llegó a terminarse porque los jugadores del equipo local se sintieron perjudicados por el árbitro y se declararon en huelga de piernas paradas. Un escándalo. El equipo bilbaino comenzó bien y el Español no tanto. Al equipo local le anularon un gol y empezaron ya las controversias con el árbitro, Manuel Díaz Argote, natural de Vitoria. Después un disparo de Maguregui golpeó en las piernas de un defensa y desconcertó a Domingo, el guardameta del Español. Era el 0-1 con el que se llegó al descanso. En la segunda parte las cosas fueron parecidad. José Luis Arteche hizo una jugada por su banda y lanzó un centro. Aparentemente no había nadie para rematar, pero sí estaba Argilés, que al tratar de cederle la pelota al portero, se la metió en su propia portería. El primer partido en el campo de la carretera de Sarriá se les estaba torciendo a los periquitos, que habían llenado las gradas. Se estaba poniendo muy nervioso, además, el delegado del equipo catalán, que no paraba de fumar en el banquillo.

Cuando faltaban 20 minutos, el Español acortó distancias por mediación de Marcet y se lanzó al ataque en busca del empate. En una de esas, a falta de doce minutos, Cruellas se encontró con el balón y marcó. El árbitro estaba señalando el centro del campo cuando se dio cuenta de que su juez de línea levantaba el banderín, se acercó a él y decidió anular el tanro.

Esa era, al menos, la versión local, porque según la prensa bilbaina, el árbitro ya había anulado el tanto cuando agobiado por los jugadores locales llegó hasta la banda para consultar con el linier, Luis López Mireno, que ratificó su decisión.

Se armó la marimorena. El público pedía a sus jugadores que se retiraran. El árbitro pidió al señor Aguilar, delegado de campo, que pidiera calma, pero al contrario, el responsable del club españolista le discutió el fuera de juego al colegiado. Unos minutos después regresó la calma momentaneamente. Venancio pudo sacar la infracción señalada por el árbitro, la pelota le llegó a Manolín, que desvió hacia Arieta; éste regateó a Domingo y consiguió el tercer tanto del Athletic.

Eso fue el detonante de lo que sucedió a continuación. El delegado de campo saltó al césped a insultar al árbitro, éste le ordenó que se fuera y Aguilar se arrancó el brazalete y lo arrojó al suelo. Momentos después, un misterioso personaje, bien vestido con traje y cortaba, salió del túnel de vestuarios, paseó hasta el centro del campo y le dio un patadón a la pelota.

Los jugadores del Español se sentaron en el césped y se negaron a seguir. El árbitro les pedía que sacaran. Al final se levantaron algunos. Díaz Argote les pidió que sacaran de centro y Mauri, el delantero centro españolista, dijo que no.También Parra, el capitán, así que el árbitro suspendió el partido en medio de la bronca, y mientras se retiraban los jugadores, alguien desde la grada lanzó una silla, y el perjudicado fue el guardameta rojiblanco Carmelo, que recibió el golpe del silletazo en pleno hombro. El Athletic prefirió obviar el asunto, porque el horno no estaba para bollos. Carmelo, unos años después, cuando José Ángel Iribar le quitó el puesto de titular en el Athletic, ficharía por el Español.

Por supuesto, los incidentes tuvieron consecuencias. Primero, el club emitió una nota en la que protestaba «por la parcial actuación del árbitro, auxiliado por la mala fe del juez de línea», a quien un socio del Español acusaba, de haberle escuchado decir que intentaría anular un gol a su equipo.

Hubo algo más de cordura en los medios catalanes. El periodista de la Hoja del Lunes, Javier García Castells -padre de Xavier García Luque, el experto de ciclismo en La Vanguardia, aseguraba que el fuera de juego no era claro, que se podía tomar cualquier decisión, aunque calificaba de mala la actuación arbitral.

Otras crónicas eran incendiarias, y arremetían contra el árbitro aunque, curiosamente, nadie aludía a su condición de vasco, tal vez porque ese año el Alavés también estaba en Primera División.

El Comité de Competición se reunió unos días después y decidió inhabilitar por seis meses a Scopelli, entrenador del Español, por tres al capitán Parra -aunque después rectificó y le dejó jugar aunque sin poder ejercer de capitán-, y por un mes al árbitro. No por sus decisiones en el partido, sino por haber imcumplido la ley, que le obligaba, cuando los jugadores no querían jugar, a adevertirles de la suspensión uno a uno. Qué cosas.

Fuente: www.elmundo.es

 

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